martes, 1 de marzo de 2011

Camila

Para ti, esperada sorpresa. De tu tío el más loco.

Aún no conozco ni el color de tus ojos pero sé, con certeza, que bastara con cruzar miradas y que tomes entre tus manos uno de mis dedos para que este corazón de batalla ceda y se ocupe y preocupe por ti.

Tengo la certeza de que no seré el ser que más te ame ni cuide, pero sé que estarás entre el mejor par de manos que la vida pudo haber concebido para un ser de luz como tú. Llegaras libre de ataduras y de pasado, disfruta el sol que nacerá en las mañanas y la luna que te arrullara por las noches, pues son las únicas cosas seguras de tú futuro. Vive libre como llegaras y seguramente el camino te será más luminoso.

Ya conocerás de la vida y sus misterios, de la poesía y su belleza, de las flores y la lluvia, del mar y sus mil voces, de la suave música y del arte de bailar. Pero por ahora disfruta de saber que has cambiado el mundo de muchas personas, que con el anuncio de tú llegada se han abierto más al amor, y por ende, lo regalan como caudales de río. Llega en el momento que gustes, que desde hace un par de meses, ya te estamos esperando.

Serás bienvenida, pequeña musa.

Aquí estaremos, Camila.

lunes, 14 de febrero de 2011

Consejos

Te conocí con la naturalidad con la que el sol nace en las mañanas, y algo que muchos llaman amor me fue naciendo con el paso de los días. Pero nunca supe como decírtelo.

Pregunté, por inocente, como sería adecuado amarte. Me dijeron algunos que si te llenaba las manos de flores, joyas y costosos regalos te darías cuenta que en mi pecho palpitaba algo más que una locura de la piel.

Los jardines del vecindario quedaron desiertos de pétalos, sin rastro de claveles o de rosas, el pasto se quedó sin amigas a quien admirar y las abejas padecieron la primera hambruna de su larga historia.

Dije adiós a mi apacible cartera media llena, hola a tarjetas de plástico que valían incluso más que yo y llené de autógrafos a una tienda que vendía enseres que no sabía que el ser humano necesitaba para vivir.

Acudí a tu puerta y tras la complicada tarea de acomodar todo aquello dentro de tu estancia sin que estorbara (mucho), te sonreí. Una tímida mueca que me gustaría creer fue una sonrisa, un “gracias, es mucho, no debiste” y una taza de café fue todo lo que obtuve. Y lo que más me dolió fue que ni yo estaba seguro que todo eso significara algo.

Me marché de tu lado y acudí a un bar donde el humo del cigarro y los falsos oasis embotellados soltaban lenguas y derretían lágrimas de hombres flacos, mal rasurados y olorosos a sudor. Hablaban mucho, pero sobre todo del amor; inocente aún, les pregunté cómo debía mostrarte que te amaba. “Escríbele en versos lo qué te nace del pecho, pero sé poético y no vulgarmente corriente. Dile de muchas maneras lo que sientes pero sin nombrarlo. Solo así”.

Me fui de ahí, pues el humo y la sordina charla de esos mudos parlantes me impedían concentrarme en mi tarea de mostrar mi amor a letras. Te escribí, un par de líneas sobre una negra noche cuya esencia yacía en su destrucción, es decir, en una vibrante aurora fresca que la terminaría para empezar el germinar de una alondra pasajera que iba y venía, incansable, por entre las nuevas aguas salinas de un lago en el que se podía beber sin saciarse nunca pero cuyo propósito era precisamente ese, el beber insaciable.

Orgulloso regresé al marco de tu puerta, con mis sentimientos condensados en aquella hoja manchada de tinta negra, olorosa al jabón con el que me baño. Tomaste entre tus manos de diosa hindú aquel trozo de papel y leíste más de un par de veces lo que ahí estaba escrito. Frunciste el seño y me preguntaste “¿Qué significa esto?”. Avergonzado de mi escaso potencial de escritor, me marche, sin decir media palabra.

Vagué por entre callejones, caminos, senderos polvorosos y grandes carreteras, y vez tras vez volvía con una nueva manera de decirte lo que siento. Ninguna funcionó. Cada vez me recibías en el quicio de tu puerta y cada vez daba media vuelta para huir avergonzado por no hacerte ver la explosión de mi amor.

Decepcionado de mí y mi torpeza para seguir consejos decidí dar migas de pan a las palomas que habitaban en el parque. Casi sin notarlo cruzaste por entre el tumulto que hacían y no pensé más en pedir consejos.

Tomé tu mano, apreté tu cuerpo al mío y deposite, sin más preámbulos, un beso que aún no sé como empezó, cuanto duró y cuando terminó, pero que me sigue endulzando la vida. “Te amo” dije, “te amo y es todo” repetí mientras me llenaba del manantial de tus pupilas. Reíste y esta vez fuiste tú quién me robo un beso, “¿Porqué no hiciste esto antes?” dijiste. “Nadie me lo aconsejó” dije, mientras te tomaba de la mano y reí, sabiendo que, al fin, mi corazón había podido hablar.

jueves, 6 de enero de 2011

Laberintos

Toda puerta, aunque sea falsa, se toca cuando se está perdido.

“¡Es que en realidad es muy sencillo! ¡Solo debes meditar tres horas diarias durante un año, y los chakras y la paz que alguna vez perdiste regresara!”.

“Se trata, precisamente, de qué aceptes el hecho de que queda una sensación de dolor por el rompimiento de ego que ha significado las expectativas que depositaste en la otra persona por tu complejo edípico mal resuelto”.

“Es que así son. Nunca valoran hasta que lo pierden todo. Regresara y todo será distinto”.

“Yo por eso no me enamoro. Mira como quedaste”.

“Es que se trata de ti, si te enamoraste ya no puedes dejar de hacerlo y tienes que acostumbrarte que así será y vivir con el dolor. Si no, tú amor no es real.”.

“Deja todo y sigue adelante.”

“Atrévete. Seguramente será distinto entre nosotros”.

“¿Pero qué no tú me dijiste que hiciera exactamente lo contrario a lo que hiciste?”.

“Ahora si va a cambiar. Lo vi en sus ojos”.

“Llora. Te hará bien”.

“Reza. Dios está contigo y te iluminara”.

“No hagas nada. Si lo ignoras por si solo pasara”.

“Me quiero morir”.

“¡Te extraño!”.

“¡Ya no más!”.

“Esa canción…”.

“¡Por ti me empedo!”.

“Siempre dice que cambiara…”

Tantas puertas embullen la calma y los pensamientos. Se renuncia a miles de puertas en beneficio de una. Confusión, letargo, esperanza y tal vez una salida.

¿Cuándo? Justo cuando menos te lo esperas pero cuando más lo mereces. El doloroso camino de la sabiduría.

domingo, 1 de agosto de 2010

Mal de amores.

El nuevo sol se coló, ligero, por entre las tejas de la pequeña casa. Recorrió perezoso los gastados muebles, perdiéndose entre las grietas que el polvo utilizaba como campamento, dio calor al piso de cemento y, curioso, se asomó por encima de la cortina que separaba la sala del cuarto de la joven.

La encontró tendida en la cama, abrazando un retrato y llorando amargamente. Releía, vez tras vez, las escasas líneas que estaban plasmadas en la parte trasera: “Porque un amor verdadero nunca se olvida. Te amo”. Cada letra le arrancaba lágrimas, suspiros y, como palabras mágicas, iniciaron un proceso jamás visto en ese pueblo.

Rosa lentamente se fue desvaneciendo, cabello por cabello. Como las gotas de lluvia entre las ardientes caricias del mediodía, su imagen se evaporaba para condensarse en una nueva ella, menos asible pero más densa.

Entre las cuatro paredes, de tanto llorar los ojos ya no escurrían perlas saladas, sino que empezaron a manar agua sulfurosa. El olor penetraba y taladraba las paredes de la casa, apestándola. Los estertores del llanto perdieron melancolía y ganaron violencia, la cual hacía cimbrar los floreros de vidrio llenos de agua y olvido. El alcohol en los pies, remedio infalible, solo provocaba una andada de gritos, golpes e insultos que cesaban con la misma velocidad intempestiva con la que había iniciado.

No entendían si se trataba de una maldición o de una extraña enfermedad. Aterrados los padres acudieron a la más alta autoridad del pueblo: el párroco del curato de San Andrés. Por una larga semana se dedicó a orar; impávido, impotente. Rezaba rezos que nada hacían, que nada conseguían pero que eran su mejor forma de preservar la reputación de hombre santo y excomulgador de demonios que le precedía. Un sudor frio le recorría la espalda y la frente mientras repasaba las cuentas de madera del rosario entre sus largos dedos. Ninguna de sus experiencias de exorcismo lo preparó para expulsar al mal que aquejaba a aquella doncella.

Y Rosa se desvanecía.

Mal de amores, dijo la comadrona que vino detrás del cura. Un mal más viejo y fuerte que todos los azotes con ramas olorosas que le dio. –Al amor no se le vence- fue su conclusión tras la quinta limpia con huevos de guajolote. La chaman se marchó a medio día, con las amplias faldas amarillas perdiéndose de vista entre lo café y terregoso del camino. Se fue como Rosa se estaba diluyendo.

Los padres, para no dejarse derrotar acudieron a pedir consejo al pueblo vecino. Si no era una maldición debía tratarse de una enfermedad. La enferma no habló en las casi seis horas que duró la consulta. Por más que le pellizcaron los moreteados muslos, por más inyecciones y muestras de sangre que le sacaron la joven no profirió ni siquiera un ¡ay! que la diferenciara de los muertos. Baños de cinco horas diarias fue la única recomendación del doctor. No se le ocurrió más nada, pues lo único que sabía de medicina era lo que leyó en la secundaria acerca del cuerpo humano, y el olor a azufre de la chica lo había mareado desde los primeros minutos de la consulta. –Con eso seguro se cura- fue toda la respuesta. “O al menos olerá a gente” pensó para sí mismo.

Los padres salieron un poco más aliviados aunque existía un pequeño inconveniente: el río del pueblo hacía dos veranos que se había secado. Sin embargo, la lluvia que no había caído durante todo ese tiempo escogió el primer viernes tras la visita al pueblo vecino para retribuir las cosechas perdidas. Caía, fina, como pequeñas lanzas. Cada gota deshojaba los quebradizos cabellos de Rosa, tornando los labios rojos en muecas grisáceas.

Nunca supieron que hizo efecto, si los rezos, las limpias o la lluvia. Pero las lágrimas perdieron primero su olor a azufre y luego cesaron de caer como las hojas cuando termina el otoño. Su cuerpo frágil dejó de temblar y entró en una extraña calma.

Pero ni la pequeña calma impidió que siguiese el extraño proceso de la desaparición. Más bien parecía que en la calma exterior se agudizaba la extraña manera en que se diluía. Tras el largo mes desde que todo había empezado solo se distinguían con certeza los enigmáticos ojos negros, los labios con apariencia a ceniza de volcán y las manos delicadas libres de adornos. Todo lo demás estaba casi perdido, sepultado en el olvido, olvido que no mataba pero del cual no se podía regresar.

La alarma de los padres se convirtió en resignación. La movían de la cama a la ventana desde la cual se vislumbraba el pequeño jardín de rosas que ella hizo crecer y que se iba marchitando de tanta lluvia y ausencia. Se daban cuenta que seguía viva porque de vez en cuando roía el pan de la cocina. No hablaba y si respiraba lo hacía con la sagacidad de las fieras que cazaban. Se acostumbraron a verla como una sombra más en la casa. Su presencia invisible mortificaba cada vez menos la casa.

Un día, tras regresar de sembrar en la parcela de don Simón, vieron con asombro que las rosas del jardín habían sido arrancadas y quemadas, entre los restos hallaron un pedazo de fotografía calcinado en el que con dificultad se podía leer “Rosa”. Estela había dejado de llorar, de sufrir por el amor que nunca fue suyo.

El recuerdo de Rosa había desaparecido, el fuego que devoraba el papel y los pétalos destruía al virus del recuerdo que la enfermo. Estela era libre, su corazón también. El mal de amor se fue.

martes, 18 de mayo de 2010

Brindis.

El siguiente relato no es de mi inspiración. Pertenece a una mujer de ojos oscuros y sonrisa de perla. Ella me compartió sus sentimientos y me permitió con ellos poder escribir estas líneas. Muchas gracias Karime. Por ende, este texto está dedicado a ti.
Para Karime, cariño.
Caballero, perdone mi indiferencia pero no le he reconocido. Es usted un desconocido, viejo compañero. Mi alma no lo ha olvidado, pero este corazón ha cicatrizado ya. Mis sueños, despiertos ya, vuelan sin seguir el mapa que alguna vez trazamos.
No le reconozco, luce tan distinto tras esas luces con las cuales quiere resaltar su negra sombra. Ya no ríe fresco y sincero: no solo se ha engominado el cabello, sino también los instintos y ha congelado el fuego de vuestros labios. ¿Dónde dejo a mi caballero; el de los ojos sinceros, el de las manos tiernas, el que aún con armadura puesta tenía un verso naciéndole por mí?
Siento lástima al verlo, no por vos, sino por los sentimientos que perecieron ahogados entre embriagante licores; por las emociones que murieron asesinadas por los halagos de vacios hipócritas. Muertos, sin posibilidad de renacer. Cargamos sus tumbas entre los pliegues de la que alguna vez fueron sonrisas, ¿las puede divisar?
Brindemos por él, conocido desconocido. Perdóneme si corto su historia de lechos que ha deshecho, de mujeres cuyos néctares ha probado. Lo interrumpo por un brindis. Brindemos por mi caballero y brindemos por usted. Aparte los bufones un momento.
Un silencio por el muerto cuyo roto corazón alguna vez logre sanar. Por mi Quijote que no sobrevivió ante los molinos.
Y ahora alcemos la copa, por usted que ahora ocupa su cuerpo, por sus ojos que se parecen tanto a los de él.
Brindemos por el olvidado y por usted que recién ha nacido.

martes, 27 de abril de 2010

Madurar y otras enfermedades.

“Que gane el quiero la guerra del puedo”.

Joaquín Sabina.

La noche sabe a Sabina. Noche para pensar, vida para preguntar. Porque al final esos es lo que nos hace trascender, el afán de lo desconocido. Porque sería fácil dar todo por sentado y solo adaptarse. Apagar el cerebro y conectarnos a la TV o el internet.

Leer se está transformando en un acto para nómadas erráticos. Pensar, en una acción prescindible, en un accesorio para románticos. 2­ más dos siempre igual a 4. Sin pensarlo, sin, al menos, tomarnos la molestia de contar con los dedos. Nos dijeron que así es y así lo creemos, no nos atrevemos a comprobarlo. “Madura muchacho, no pierdas el tiempo”.

De nuestra vida, ni se diga. Estamos más pendientes en conocer si la humilde joven se casara con el rico y apuesto caballero, a pesar de las maldades de su odiosa madrastra; que en preguntarnos si lo que hacemos, lo hacemos por obligación o por amor. Y no amor romántico del que ciega, no, amor a falta de mejor palabra para resumir sueño y esperanza que nos hace levantarnos y pensar. Muchas veces, además, ni siquiera pensamos lo que hacemos, lo asumimos como algo natural, como las cosas deben ser.

La vida y su cultura, más cultura que vida, cultura que nos engrilleta, no que nos hace sujetos. El hombre solo es hombre si… La mujer solo es mujer si… Menos cogito y más ergo. Mientras menos pienso mejor. Porque si pensamos, corremos el riesgo de ser distintos. Y nuestra búsqueda eterna del confort y la seguridad de la manada no van con ser distinto.

Tarde o temprano acabamos por caer, terminamos “por madurar”. “Cuando era joven estaba más loco que tú, pero aprendí”. Y es que las ideas revolucionarias rara vez ponen comida en la mesa. No todos somos Gandhi o Guevara. Y lo escribo con más vergüenza que rabia. Vergüenza de día con día ver como muero yo para que viva de mejor manera el Otro en mí.

De soñador siento que solo me van quedando cada día más solo las almohadas y las cobijas revueltas. De revolucionario, ni las banderas negras y la mano izquierda arriba me representan. Las preguntas y las críticas deben empezar de mí hacia afuera. Y lo intento. Un poco cada día. Pero pareciese que fuese como intentar detener con un curita la herida de una bala.

Hay amor en lo que hago, aún es cierto, pero me preguntó con el afán de no saber la respuesta, ¿Hasta cuándo durara? ¿En qué momento venderé mi alma? Y si la vendo, ojala fuera como el Fausto de Goethe.

“Ya maduraras”. Premisa que me sabe cada día más a condena y menos a buen deseo. Cien años de soledad suenan preferibles a cien años de normalidad. Una vida como Oliveira, viviendo a cada lectura una vida distinta, un nuevo sino, lo diferente como única ley. Kant afirmaba que todos nuestros actos deben ser universales, pero, ¿porqué? ¿Universales para quién?

Pastillas para no soñar dice Sabina. Tristemente existen más los dormidos que no sueñan que los que no quieren un amor civilizado. Todo lo que necesitas es amor. Mentira. Es fácil decirlo con millones de dólares en la cuenta bancaria. Porque sin comida no hay pensamiento. Mafalda, la incombustible Mafalda: “Si uno no cambia al mundo, el mundo acaba por cambiarlo”. ¿Pero cómo cambiarlo?

No con guerras ni con sangre, no. La revolución mexicana sirvió para quitar a un dictador con fecha de caducidad para entronar a otro que no la tiene. El futuro, más que gris parece teñirse de negro, y nosotros ¿de qué color somos? Descoloridos o meramente transparentes. “Madura, se hombre de bien, deja de pensar así, como niño”.

Lloremos amargamente por nosotros, por qué cada día que pasa somos más como Sísifo, creyéndonos a cada empujón más libres para, al final, ser condenados a nunca serlo. Estamos madurando. Guardemos luto por nuestros anhelos, nuestros ideales, por la frescura que hemos sacrificado a cambio de ser mecánicamente precisos.

De la depresión y el llanto aprende uno, es cierto, pero al final, si no se levanta y hace algo para remediarlo, quedara como tapete, sin más valor que el de provocar ternura o tristeza. No tenemos a un Zeus que nos ponga en las manos la piedra otra vez, somos nosotros los que insistimos en cargarla, en llevarla a cuestas, sin darnos cuenta que somos libres y que podemos dejarla a un lado. “Madura hijo”. Sí, pero a mi manera, preguntando, equivocándome, riéndome, pensando.

Aún creo en una solución revolucionaria: pensar y ayudar a pensar. No tumbemos a Batista para después soportar a Castro. Mejor enseñémonos a leer, realmente leer, no solo reproducir lo que un texto dice. Enseñemos a escribir, a realmente escribir, no solo “mi mamá me mima”, si no a lograr que las letras plasmen ideas. No matemos al tío Sam para refugiarnos en la caverna de Mao. Ya no, aceptemos nuestras diferencias, vivamos libres, sin etiquetarnos y sin etiquetar.

Pensar o no pensar ya no el único dilema a resolver, ni la única solución posible. Sí, es hermoso y necesario pensar, pero es mejor la praxis, el actuar con sentido de la acción. Ya lo dijo Marx, menos pensar y más praxis. Menos lloriqueos. No pretendo ser un soñador; al menos no solo eso. Es más fácil escribirlo que hacerlo, lo sé. Pero, si Sausseare no miente y Lacan no falla, a través de la palabra puedo empezar a actuar. Que el papel no se trague las acciones esta vez. Preguntas y más preguntas. La sabiduría griega, yo solo sé que no sé nada. Que bendición. Madurar o no madurar ya no es el dilema. Evolucionar pensando es mi solución. A disfrutar el viaje y sus Ítacas. Preguntando, asombrándome, aprendiendo, creciendo.

Aunque, como dicen todos, al final madurare y dejare de preguntar y de crecer. ¿O no?

domingo, 11 de abril de 2010

Fausto y Elena

A mis amigos.
(Gracias Cris por la inspiración)

-¿He cambiado mucho?- preguntó con la esperanza de recibir un no.

Él, que nunca daba la respuesta correcta sino la verdadera, dijo:
-Sólo lo suficiente. Aunque en realidad lo que cambió fue mi manera de verte, de entenderte- se lamió los labios y continuó -Huele a lluvia, Elena-.

-Son las hojas de los arboles Fausto, recuerda- señaló las copas que les regalaban un momento de frescura -Hoy es 20 de marzo, por eso hoy huele a lluvia, porque mañana no caerá-.

-Las ilusiones de marzo, cierto-.

-Los espejismo Fausto, los espejismos-.

Callaron un instante. A Elena los silencios la molestaban, pero no este silencio, no en este momento, nunca el silencio de Fausto. Porque cuando Fausto callaba era para escuchar mejor, para digerir lo que el otro había dicho. Una vez le había confesado que cuando ella hablaba la boca le sabía a canela con manzana. Se sentía devorada y ese acto de canibalismo la halagaba y la hacía sentirse excitada. En ese silencio se vivió a si misma empapada por la lluvia que llenaba las narices de Fausto, llenándole el paladar de manzana, perfumandolo a canela.

-Los espejismos... Tienes razón.- La miró a los ojos y continuo -¿Interrumpo tu pensar?-.

-No querido mio, por supuesto que no- tomó su mano -Continua-.

-Es mejor espejismo que ilusión. Que bueno que me corregiste. Yo imagino algo que me gustaría que estuviera, algo real, a partir de un olor, que también creo real. No imagino nada más que eso que está en mi mente, pero el olor resulta ser falso. Digamos que soy un perro cazador siguiendo un rastro como de zorra pero que no lo es, para al final ser apaleado por los cazadores por haberle hecho perder el tiempo. ¿Pero fue el olor, o mi deseo, la verdadera causa del espejismo? ¿Quién engañó primero al cerebro? Los espejismos de marzo... ¡Que filósofa eres Elena!-.

-Tú si has cambiado, Fausto. Hablas muy raro-.

Fausto rió estrepitosamente, haciendo caer las ultimas hojas sobrevivientes de los vientos del otoño y la dureza del invierno. Elena lo secundó, con la risa recatada que las monjas le habían inculcado. A Fausto le encantaba oír reír a Elena. Parecía tan ella, alejada de su necia obligación de ser perfecta, libre, viva.

-Elena, ¿cuanto tiempo llevamos sin...?-

-¿Hace cuanto que te fuiste?-.

-Casi dos años-.

-Dos años entonces-.

-Pero ahora tú estas a punto de casarte...-.

-Eso no cambiara nada, Fausto. No te importaba cuando tenía novio- clavó sus ojos en los de él-¿Porque habría de importarte ahora?-.

-En eso tienes la razón, hagamoslo entonces-.

Lentamente se dirigieron al sitio más oscuro del bosque, Fausto tomaba de la mano a Elena, guiándola con seguridad. A pesar de todo el tiempo transcurrido, ese camino no se le borraría nunca de la cabeza. Elena disfrutaba del sendero, recordando las distintas cosas que ya habían hecho explotando al máximo su imaginación.

-Llegamos- dijo Fausto.

-Sí- contestó Elena.

-¿No crees que son tonterías de adolescentes?- Fausto tragó saliva -Me parece que a nuestra edad...-.

-Calla. Tal vez lo sean, tal vez no, pero mientras nadie se entere está bien- lo abrazó gentilmente -Anda, hagamoslo-.

Fausto sonrío, sabía que Elena no podía ver su sonrisa, pero el sentía la de ella. Elena sonrío, sentía la sonrisa de Fausto y sabía que él hacía lo mismo.

-¡Mi primer beso se lo dí a una cabra!-.

-¡Mi primer beso se lo dí a mi primo René!-.

Regresaron a la luz, sonrientes, vivos, más amigos que nunca. Sabían que era un tontería, pero sentirse niños una vez más, recordar la vida que transcurrió, los secretos que guardaban (Elena amo a Fausto hasta entrar a la universidad, mientras que Fausto le había robado un beso a Elena), darse el tiempo de regresar a ese lugar y poder, por un momento, hacer que el reloj fuese para atrás, era lo que los mantenía vivos.


viernes, 5 de marzo de 2010

La última angustia

El siguiente relato fue inspirado por las obras de Sófocles: Edipo Rey, Edipo en Colono y Antígona. Perdón por no escribir más seguido. Prometo una cosa: no prometerles nada. Disfruten. LOBO

La última angustia.

Se plantó frente a la inmensa roca que le impedía salir y sentir el tibio sol de las mañana. Su sino, escrito desde tiempo atrás, se le reveló cruel y descarado con la angustiosa inmediatez de los condenados. No quiso culpar a los caprichosos dioses de la decisión que iba a tomar, pues en su última hora sentía que lo mejor era cruzar al Hades con la bendición de las deidades. A oscuras, tanteó el terreno y halló una saliente en la que se sentó. La omnipresente oscuridad y el frio de la cueva le importaban poco.

En sus últimos momentos pensó en todos los hechos que la habían traído hasta ese lugar. Ciertamente el orgullo y el afán de no dejar mancillar su ya de por si repudiado linaje. Ella era, finalmente, un miembro de la realeza; altiva y garbosa. Pues ¿Cómo se atrevía Creonte a sobajar a su hermano y por consiguiente a ella y toda su familia? Si se hallaba sentado en el trono tebano no era precisamente por su habilidad o su coraje. Era por Edipo su padre, el del hado funesto, la razón por la que Tebas se alzaba gloriosa y Creonte podría regodearse.

¿Creonte ordenarle a ella? Jamás. Apresada por la fuerza y condenada a morir de hambre y locura. Tal era voluntad del regente. Sin embargo, no iba a morir de acuerdo a las órdenes de aquel cruel gobernante. No era Creonte y su voluntad la que terminarían con el soplo de vida en ella. Meditabunda, la historia de su vida comenzó a dar vueltas en su cabeza.

En extraña tierra había prometido al hermano exilado que con honores fúnebres habría de despedir su cuerpo. Cumplió. A pesar de la resistencia necia que se le opuso, su promesa saldada estaba. Su padre le había enseñado que las acciones bienhechoras no solo traían hados buenos a los que las recibían, sino que el dador de las mismas se vería recompensado de la misma manera.

De sobra conocía ya las funestas consecuencias de no cumplir con los juramentos otorgados. Su linaje completo era la muestra perfecta de las consecuencias de las palabras. Le dolía más en esos momentos la irremediable soledad a la que se había condenado su débil hermana que la decisión que iba a tomar. Pero ella no dudaba. Se sabía cuidadora y se alegraba de serlo. Protegido había ya al padre y con el afán de evitar el fratricidio había retornado a la tierra de la cual había partido como si se tratase de una apestada.

En el viaje se hizo fuerte. Aprendió a tomar decisiones con firmeza. Los polvorosos caminos no solo habían endurecido sus en alguna época delicados pies sino también su mimado y frágil carácter. Se volvió decidida, audaz. La gloriosa muerte de su padre le confirmaba el honor que era vivir bajo su sangre y no estaba dispuesta a ser una mancha más en la decadente historia familiar. Edipo en su último momento había mostrado la realeza que lo envestía. Mantenerse fiel a su ejemplo la había llevado tan oscura situación. Pero no estaba desesperada si no orgullosa de no haber cedido a la orden de mantener insepulto a su hermano, como presuntuosa estaba de haber sido el báculo del rey de los pies hinchados.

Desairaría los frágiles decretos de su inmundo tío. Sabía que en sus manos estaba el continuar con la rebeldía hasta en su último latir. Desgarró una parte del fino vestido, y con sus manos hábiles y fuertes empezó a trenzarlo, intentando en cada movimiento hacer solido y firme aquel trapo. Sabía que del otro lado del río sería recompensada por el constante cuidado que había brindado a toda su estirpe. Más no se le podía haber exigido pues todo lo había entregado con el afán de vivir bajo los designios del padre, además de ser fiel a la palabra empeñada.

Tanteó el techo de la cueva, en búsqueda de algo que le brindase el apoyo necesario. Lo halló. Podría describirla como un hueco en lo que era la trabe natural de la cueva, que permitía a la cóncava estructura mantenerse firme pese a los movimientos súbitos de Gea y de los respirares de Eolo. Por ese pequeño resquicio hizo pasar la cuerda que había hecho.

Era bajo su mano como la hija del más desdichado rey de Tebas partiría a los abismos de Hades. Con laborioso esfuerzo arrastró una roca para en ella subir y llevar a cabo su plan de autoinmolarse. Realizó un resbaladizo nudo corredizo, lo calzó a la anchura de su garganta y con la misma valentía que en otros tiempos alzó la voz en nombre de su padre, saltó de la piedra. El nudo, vertiginoso, corto de golpe la entrada del aire.

En ese último minuto, recordó que era ella la viva imagen de su madre. Recordó fulminada el terror vago y reconoció a la maestra que la hizo, sin querer, tan ducha en el arte del suicidio. Se imaginó a sí misma, pequeña y temblorosa, con la boca seca, viéndose a los ojos, esos ojos que ya no verían por nadie más, esos ojos que perdían la luz, como el aceite de las ofrendas consumiéndose lentamente. Su ella-niña vio como las manos antes ocupadas en hallar alimentos y en dar sepulturas a los odiados, se crispaban y se alzaban para desplomarse sin fuerza a los costados. Dejó de existir por partida doble y se encontró encerrada en ese cuerpo que se asfixiaba. Se mortificó, con la misma desazón que hacía años había pretendido olvidar, sabedora que su cuerpo jamás volvería a andar. Sintió como el nudo en la garganta le cerraba el corazón y la hacía naufragar en la bruma de la angustia que ya no la dejaba ver y que también le llenaba la nariz con el olor a cenizas y explotaba en su boca con el sabor a monedas de oro que le repugnaba la lengua, lengua que ya no le serviría para exigir justicia ni alabar a los dioses. La angustia le duro casi hasta el ya inmediato final de su vida, pero en el último segundo recordó las alegres caras de su orgullosa familia, que seguramente la esperarían en el más allá y solo así, relajó el cuerpo y Antígona dejo de vivir. Fiera, sin angustia, como le habían enseñado a vivir y como había decidido morir.

lunes, 28 de diciembre de 2009

A un hada que solo se quedo en la fantasía.

Envolvió sus quiméricas formas con negra noche, calzó los delicados pies con plateadas luciérnagas y encendió con rojo fuego sus mejillas. Suspiró un momento y se decidió a pasar una buena noche. Con mármol gris tiñó el viejo traje, cosió pétalos de rosas rosas para hacer la humilde camisa y dio un baño de negra obsidiana a los ajados zapatos. Se miró en el lago y sonrió.

Rumbo a su destino se tomaron de la mano, inocentes, ardientes. El corazón de aquel claro rodeado de árboles y noche los recibió. Los grillos, las nocturnas aves y el viento entre las hojas del abedul afinaron cuerdas, voz, inspiración y notas para crear el milagro de la música. Con fe la llevo al centro de aquel claro, gentilmente le permitió conducirla. Los compases, como olas de mar en calma, los alejaban y acercaban, los poseían, les navegaban. La música fue la partera y aliada de esa noche. Lentamente, sin prisas ni errores los colocó en la posición exacta.

Ojos de avellana que se cruzaron un instante, una brecha se abrió en las madejas del tiempo: la redonda luna detuvo su pausado andar mientras el viento yacía anclado, inamovible. La música no paro ni se calló, el mi sostenido quedo flotando pesado como la brisa. Los danzantes no perdieron la gracia ni la sonrisa mientras se transformaban en estatuas.

La quietud del mundo les regalo la posibilidad de solo él y ella existir en ese minuto. Su mano temerosa y suicida rodeo la breve cintura en un segundo que duro mil años. Ella, indecisa y expectante tomó con frágiles manos la espalda fustigada. Sus ojos, en tres segundos, firmaron los tratados de guerra; el pacto que los uniría bajo un solo estandarte fue aceptado.

Aquel muchacho se acercó a aquellos labios utópicos, imposibles de existir en realidad y en un gesto de valentía y fe suicida posó los suyos.

El Big Bang sucedió. Soles, lunes, cometas, planetas, la vida, Dios, el amor, todo surgió tras el encuentro de esas dos gigantescas soledades. Un terrible terremoto, que atacó las plataformas sobre las cuales nacía la rocosa pared en la que se entretenían viendo reflejos grisáceos, derribo con un estallido de polvo la arcaica estructura.

La madeja fue zurcida y el movimiento vital reemprendió su marcha. Pero el claro estaba lleno de luz. Cegados, los inconscientes danzantes protegieron sus retinas con la mano, sorprendidos y deseando saber él porque de tanta claridad. El brillo amaino, y solo vieron a un hada y un alquimista fundidos en la fragua de un ardiente beso, del primer beso.

lunes, 23 de noviembre de 2009

Para una amiga.

Estás en el sillón, ajeno a mí, a mis pesares, a mis intentos de seducción. Te pierdes en el interminable correr de 22 hombres en pos de un balón.

Me cuelgo a tu cuello y murmuras entre diente un: “Amor… estoy viendo el fut”. Me marcho, vencida. ¿Tú indiferencia es un castigo a la mía? En tus primeros intentos, en tus primeros poemas, en los besos que me robaste te ofrecí lo peor de mí. Indiferente, pensaba más en qué momento te marcharías y me dejarías respirar que en disfrutar tus intenciones.

Veía en tus ojos una chispa, un reflejo de esperanzas, de anhelos y ensueños; una chispa que me atemorizaba. No entendía el porqué de ese brillo. Las hojas de los arboles empezaron a crecer.

Y te fui conociendo, le encontré belleza a rozar tus manos, tus besos se volvieron mi anhelo más profundo, no pensé más en mí sino en nosotros. Abrí mis ojos y en el espejo vi la misma chispa que me aterrorizaba y en esa chispa estabas tú. Supe al fin el porqué de ese brillo. Era el corazón que brillaba a través de mis ojos, las luciérnagas de la esperanza se posaban en mis pupilas.

Te ame. Te amo. Te amare. No sé porque ni como estoy tan segura. A pesar de las lágrimas, a pesar del tiempo, a pesar de la costumbre y de la distancia mis ojos no han dejado de tener la luz que solo tú les das.

Pienso todo esto mientras me alejo de la sala y voy hacia al cuarto. La televisión grita “¡Penal en el último minuto!” Te conozco tan bien que se has de tener los pelos de punta, la garganta seca, las manos mojadas. Me rio mientras te imagino así. Pero volteo y ya estás aquí, frente a mí, sonriendo. “Amor, te perderás el final de tú juego” “¿Juego? ¿Cuál juego?” Y callas mis labios con los tuyos. “Amor, tú eres y serás lo primero y lo último” y antes de cerrar los ojos para besarte mejor, veo que en la chispa de los tuyos es donde realmente brillo yo.

martes, 27 de octubre de 2009

Concepto en proceso.

Amor: Complejidad.

Amor: Explosión de colores, lluvia de pétalos carmines, horizontes claros, estrellas marinas enlazadas por gaviotas.

Amor: Putrefacto sentimiento que habita solo en agusanados corazones.

Amor: Unión de dos sexos en un afán superior que el bestial placer del coito.

Amor: Asqueroso placebo contra el cáncer de la soledad.

Amor: Adictivo tatuaje de un alma que nos acompaño y acompañamos en el sendero a pesar de nuestra innata soledad.

Amor: Dolor gozoso, dulce ilusión que deja una amargo sabor a muerte.

Amor: Serenata de luna llena que aleja los taimados fantasmas de la soledad y enciende el quinqué de la esperanza en la ventana oscura de la distancia.

Amor: Dos almas que se subliman a través de la vida diaria.

Amor: El afán de seguir adelante a pesar de los acantilados y noches de descargas eléctricas.

Amor: Un tesoro inalcanzable, vagas invenciones de poetas y locos.

Amor: La presencia del todo.

Amor: Subjetividad.

Amor: La base de mi vida.

jueves, 15 de octubre de 2009

Anochecer

Contemplo el anochecer. Naranja, purpura mis sentidos que se afinan y agudizan cual cuerda de violín. Lentamente cae el sol en las montañas recubiertas de piedras, piedras cubiertas de pasto, abierto pasto que enverdece el trayecto del ya rojo y cansado astro. La luna, curiosa y discreta, se asoma, se regocija al saber que una vez más jugara a la ronda con sus amigas las estrellas en el firmamento.

El viento fresco no arrastra consigo las capuchinas motas de polvo. Viaja libre, se bate en vuelos inconstantes. Sirve de mensajero a besos, a perfumes, a la vida. Me envuelve el dorso de las manos. Te encrespa el largo cabello. Es heraldo también de mis caricias.

Lentamente la paz se apropia de los espacios. Como leona voraz se agazapa, contrae los músculos, mortífera otea el aire. La paz prepara el zarpazo. Sus víctimas yacen en su lecho de sacrificio donde una mullida imitación de nube les sostiene el cuello. Sin nada que la detenga, sin tapujos, la paz ataca furiosa, cegada por el afán de hacerse sentir. Miles de almas caen bajo su ataque. Tendidas en el más reparador sueño, sin apremios, sin relojes, sin deberes, agradecen el aniquilante golpe.

Yo te recuerdo, tú me añoras, te bendigo entre mis sabanas mientras tú rezas en las tuyas por mi vida. Anochece. Me ataca la paz, nos vuelve a unir en el sueño, por un sueño, por ti sueño.

martes, 13 de octubre de 2009

Ando.

La soledad que me embarga no es la misma de la alguna vez te rescate. Yo no me postro en el camino, vencido.

Ando solo por las veredas con mi sombra fiel como único recuerdo de otros tiempos, no por falta de quien me haga compañía, sino porque, gallardo, he de recorrer estas veredas sin más huellas que las mías. Yo elijo este silencio. Aunque la tierra es fría y polvorosa la ruta que he trazado, vivo contento.

El hambre de caricias, besos, sonrisas es fuerte, no lo niego. La tentación de hacerme acompañar de alguna, de cualquiera, de satisfacer a esa bestia llamada Deseo me llega a ahogar por momentos. Pero el joven aprendiz de Don Juan, el disfraz de Casanova, lo he dejado en el recuerdo. Deseo no me posee, yo le poseo.

Contra toda posibilidad mi marcha sin compañía no lo es tanto. Amigos he encontrado, errores he resarcido, senderos ocultos su secreto me han permitido horadar. No manipulo mi destino, es cierto, pero tampoco dejo que alguien más lo haga.

No soy el que partió un día con lagrimas y desesperanza. No soy el que solía mentir por mantener la gracia de los demás. No soy ya el que tú recuerdas. Soy otro. Sin cambios pero distinto. He de encontrarte tal vez, como a menudo reencuentro amigos, como me reencuentro con mi padre y mi madre, con mis hermanos, con mis miedos, con mis derrotas, con mis triunfos. He de verte otra vez. Y solo espero que, altiva, hayas encontrado que la humildad y, sobre todo, la verdad, son los mejores adornos de un corazón.

martes, 6 de octubre de 2009

La soledad u otros demonios.

Entre los rumores silenciosos de la lluvia llegan los ecos de la noche moribunda. Agazapada, felina, yaces en mi lecho sin más traje que tu sensualidad desnuda. Pura y virginal, puta de barrio, metáfora de nada. Necesito tus besos de selva; húmedos, sofocantes, interminables, de fruta salvaje, de arboles jamás escalados, fiera sedienta de sangre.

Tu geografía de mundo me hace falta. Tu cuerpo como dunas, tentador y mortal, aquel oasis oculto en lo profundo de tu ser, manantial dulce. Tus olores a vainilla, a pasto lleno de rocío. Hablas mil idiomas incomprensibles, la gramática en tus suspiros, la fuerza meditabunda pertenece a tus ojos, bellas alegorías que se esconden tras tus lágrimas, tras tu risa, en tu vida.

Te abrazo y abrazo tu oscuridad, tu nada, tu perenne ausencia. Ausencia que no lo es tanto. Dolor que va matando como la arena en el reloj, sin quejas, sin alegría. Tu nada es devoradora de mi todo, de mis contextos, de mis futuros. El lecho esta sin ti pero no está vacío.

Bella en la memoria, lejana por valles y montañas, cercana en los suspiros, loca dependencia dictadora de ensueños; atardecer de nubes grises y horizontes púrpuras que no da paso a la luna ni le quita la vida al sol, infinita sinfonía de los horrores, indeleble transparencia.

He contemplado como la piedra se concentraba en el sol y el resto de las líneas me parecen ilegibles. Me absorbió esa sonrisa enigmática, la mirada misteriosa y mis ojos desean nada que no sea esa belleza. Conocí el roce de tu piel, tu mortal Sahara y los caminos del pueblo perdieron un caminante.

Renuncio a los placeres, a los placeres para el mundo, a los placeres de los ricos, a los placeres de los pobres, a ellos renuncio. De placeres solo el nombre les queda. Brillos grisáceos, reflejos cavernosos. He conocido el verdadero mundo, los verdaderos placeres, me harte de sombras y abrí mis ojos a los tesoros reales. Ya no quiero nada que no sea ese Amazonas.

miércoles, 26 de agosto de 2009

¡Juguemos KDMF!

Juguemos un minuto, no hace falta que hagas mucho. Solo siéntate y presta atención. Tranquila, no te hare daño, no lo he hecho y no lo hare. Juguemos a que te he olvidado. Supongamos que algo pasó y te dejé atrás, que lo que fue no lo recuerdo. Que se me olvidaron las promesas. Que olvidé tus besos. Que olvidé que dijiste amarme. Imagina la siguiente escena:

Caminando, con mi andar arrastrado y mi natural distracción, voy. De pronto, mi yo que te ha olvidado te encuentra en las calle; no habrá más que un par de nubes rondando en el horizonte y el sol cayendo con rojo sacrificio entre las espaldas jorobadas de las montañas. Me saludas con una sonrisa. Yo, obviamente, me asombraré. ¿Porque me ha saludado? Que niña tan graciosa y hermosa. Seguramente iras de la mano con él, sonriendo, besándolo, diciendo palabras muchas a su oído. Palabras de amor, pequeñas promesas, risas. El irá contento, feliz de tenerte a su lado. Responderé el saludo (tú sabes que soy educado) y me despediré. Los veré alejarse y pensare: “Hermosa pareja, ojala la suerte les sonría.” Seguiré mi andar, sonriendo, pensado en lo bello del amor y en que una extraña me saludo. Te perderás en una charla casual o en una anécdota que olvidaré.

Eso es algo que pudo haber sido.

Pero no fue. Tuviste que marcar tu nombre, tus palabras, tus formas en mi mente. Hiciste que mis manos no desearan otro cuerpo, que mis labios solo necesitaran la dulce vainilla de los tuyos. Te convertiste en mi musa, en la alegría de las mañanas y en la oración de las noches. Tuviste que hacerme creer que me amabas. Que me amabas como lo amas a él. ¿Por qué? ¿Para qué? No lo sé. Pero lo hiciste. Acaso por un capricho, por pasar un buen rato, por miedo a enfrentarte a la amarga soledad, tal vez sin un motivo pero con el peor de los resultados. Al menos para mí.

¿Sabes cómo me siento? No te agobies, esa pregunta la responderé por ti. Esto es un juego, recuerda, las lágrimas que rondan mis mejillas solo son parte de él. Mi respuesta es no. Yo sé que la respuesta es no. No pongas esa cara de asombro. ¿Qué ganas al hacerlo? Yo soy nada, al menos para ti. Tranquila, no hay odio en mis palabras, solo dolor. No he podido transformar en odio el amor. No soy así. Disculpa que desvarié. Tratare de no hacerlo más. El desvariar.

Sigamos el juego. ¿Alguna vez te importo saberlo? Responderé otra vez yo. No. No fue antes, no ha sido ahora y no será después. Si hubieses puesto atención, pudiste haber tenido conciencia de lo que en mi pasaba, los sentimientos que en mi nacían. Pero solo pensabas en lo distinto que era yo con respecto a él. Si él. El que jurabas solo era un amigo, alguien que querías por simple y llana amistad. Solo tenías tiempo para pensar en lo infeliz que eras. En lo mal que lo estabas pasando con alguien como yo. En mil pretextos para huir de mis caricias, para ocultar las marcas de tu engaño, para aparentar ser la inocente niña que se sacrificaba al estar a mi lado. Tú, tú. Sigue pensando en ti. Pero por favor, como la última petición de un hombre que te amo, inclúyelo en tu pensar. A él, al que dices realmente amar. No lo uses y deseches. No le jures lo que no podrás cumplir. Amalo sin cobardía. Vive libre a su lado.

A mi olvídame. Para que la próxima vez que nos crucemos, no te asombre el dolor con que contemplare tu felicidad, ni finjas preocuparte por mí. Ahórrate el trabajo de actuar. Y así te alejes pensando en lo infelices que son aquellos que no tienen al que aman a su lado. Porque para mí, el juego ha terminado.

domingo, 26 de julio de 2009

Madrugada.

En la madrugada, con la dulce invitación del insomnio, convergen en la almohada los contrastes. Ya no son sólo sueños y esperanzas; los demonios se reúnen al aquelarre junto con ángeles que se olvidan de rezar y simplemente se pierden en los retorcidos e interminables vericuetos del placer.

El recuento de los daños es imperdonable. La noche es el juez implacable, soberbio, pasional. Las crisis de cualquier índole, mental y sentimental, mueren o nacen al cobijo del frio de la madrugada. El soy al pude ser. El puedo ser al quiero ser. El tengo al deseo. El tuve al poseo.

No importan, por cierto, las subjetividades. Todo se pierde en la vorágine que provoca la oscuridad, el cantar de los grillos, la artificial luz, la imponente soledad. Sólo el sueño. El sueño que vuela, se esconde, se marcha, se aleja, se disfraza, se burla de los que lo anhelan.

Las peores pesadillas no ocurren mientras desaparecemos de la realidad. Las pesadillas que calcinan el alma son las que nos muestran la realidad desnuda, las que destrozan la trama orquestada y nos muestran las intenciones negras y retorcidas de aquellos que mentían. Son las que ocurren con los ojos bien abiertos, con la mente lúcida, con los sentidos alertas.

Y sin embargo, la esperanza nace en estas horas. Cuando callamos y realmente escuchamos. Tic, tac. Pum, pum. Tic, tac. Pum. Relojes y latidos.

Ya no es solo desesperanza y miedo. Son demonios arrepentidos que rezan al lado de franciscanos pecadores que ya no buscan el placer. Buscan eso que está más allá. Y la madrugada, con la dulce presencia de Morfeo, se llena de paz.

lunes, 20 de julio de 2009

Decepción.

Un día soñé que me amabas. Era hermoso, parecía como si estuvieras conmigo, por mí.

No sé. No sé si lo soñé, no sé si soñé tus labios, tus modos, tus maneras. No sé si fue mi orgullo lo que te retuvo a mi lado. O tu ahora odiosa compasión hacia las inclinaciones de mi corazón.

Ahora siento que interrumpí tu verdadero amor. Tus besos eran suyos y yo insistía en tenerlos. Tus suspiros nunca me pertenecieron. Tus amores eran mentiras, eran palabras, eran ficciones.

A él lo amas y a mí no. Tan simple como eso. No es tu culpa, no puedo culparte, no puedo pedirte que niegues a tu corazón.

Olvido, dulce y benéfico olvido. De tus formas, de mis anhelos, de tus retratos, de mis desvelos. Olvidarme de tus mentiras. De tus palabras endulzadas por el amor que no me pertenecía.

Con cuanto anhelo te llene de besos. Con cuanta alegría, con cuanta fuerza te entregue mi vida. Escúdate bajo lo que quieras. Desgárrame, sí, desgárrame. Arráncame. Mátame. Déjame morir, partir.

Ahora entiendo tus desaires, tus modos, tus cambios de humor, tus conflictos, tus despechos. Entiendo el por qué de las escasas gotas de cariño, el por qué de tus caprichos.

Si tan solo hubieses sido honesta, si hubieses roto mi ilusión antes de que se convirtiera en amor. Pero le diste vida, le diste fuerza. Maldita sea tu compasión.